Me levanté de la cama en cuanto las escuché besarse. Pensé que las bromas del trío eran solo eso, bromas. Pero no, ahí estaban las dos, en la misma cama que yo, besándose. Aprovechando que ya me había dormido para hacerlo. Qué poca madre, qué mierda. Así que me levanté de la cama y me fui a la cocina.
Las deje a solas. A mi novia y a su hermana.
Miré el cielo que se colaba a través de las persianas. Sentí su mano recorrer mi espalda.
-¿Qué te pasa?
Era ella, la mujer con la que había hablado hace unas horas sobre lo mal que iba nuestra relación. La mujer con la que había hablado y con la que pensé que con eso podría arreglarse suficiente. La mujer que habló con su hermana minutos atrás porque la necesitaba. La mujer que me pidió que le diéramos asilo. Que durmiera con nosotros en nuestra cama. Mi novia.
-No te hagas pendeja.
Pendeja. No se cuantas veces repetí el insulto. Pero una y otra vez ella me repetía:
-¿Pendeja de qué? ¿Qué te pasa?
Cuando fuimos a recoger a su hermana, yo bromeé diciendo que haríamos un trío con ella en la casa. Porque no hay otra cama mas que la de mi novia y la mía. La misma cama. Todos bromeamos y fuimos felices. A la hermana la habían corrido de su casa y necesitaba dónde quedarse.
Además, entre hermanas no se besan, pensé.
Pero cuando las escuché hacerlo, no pude hacer otra cosa que marcharme de allí e ir a la cocina que está a unos pasos. Recostarme en el suelo y dejarlas hacer lo que quisieran. No me esperaba menos de ella. De mi novia.
-Eres una puta.
Puta. Qué falta de originalidad la mía. Utilicé las palabras que todos usan para ofender a las mujeres. Peor aún, las que todos usan para ofender. Y todavía peor, la cara de ella totalmente ofendida por lo que yo decía. Y por los manotazos que le dí. Y cuando le dije que se largara a hacer lo que quisiera. Que me dejara solo y en paz. Ofendidos todos.
Sin razón alguna.
Así amaneció, conmigo en el suelo de la cocina y con las hermanas en la cama. Todavía ella, mi novia, me llevó una cobija para que la pasara menos mal.
-Lárguense. Lárgate, ya no te quiero. Solo me enfermas. -Le dije.
-Lo único que te voy a decir es que no pasó nada de lo que estás pensando. -Me respondió.
En cuanto se fueron, tomé el lugar que ellas habían dejado: la cama. Dormí mucho. Dormí aún a oscuras y desperté a oscuras también. Pensé que había sido un mal sueño y que llevaba varios días en la cama. Por lo menos dos.
Dos segundos.
En dos segundos perdí la cordura y el control sobre mí. De eso le había advertido a mi novia horas antes, cuando platicábamos de la infidelidad. Le dije que yo era peligroso, inseguro, y que no iba a poder cambiar. Sin embargo, no sé cómo, ella siempre tiene el poder de tranquilizarme. Excepto cuando pensé que estaba besando a su hermana en la misma cama que yo.
Seguía oscuro cuando desperté. Hasta la cama estaba harta de mí. Cuando me senté al filo de ésta, escuché el sonido que los labios de las hermanas habían hecho cuando estaban junto a mí en la misma cama. Mierda, ¿qué no fue un sueño? No. Ahí estaba el sonido, el mismo. Me concentré para distinguir de dónde provenía. No podía ser, si ellas ya no estaban ahí. Escuché más atentamente, cada vez más aterrado por mi error. Cada vez más estúpido. Arrepentido. Un miedo insoportable, el que uno mismo se puede causar.
Dos segundos.
Era la manecilla del reloj. Sonaba cada dos segundos, con un estruendo similar al de un beso. O eso fue lo que escuché. Lo que quise escuchar.




